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miércoles, 12 de noviembre de 2008

¿Hay pollo frito?

"¿Hay pollo frito?" Preguntaba a voces mientras entraba por la puerta, antes incluso de darle el beso a mi abuela. Ya despuntaba yo tendencias y maneras en mi más tierna infancia y efervescente adolescencia. Era mi saludo cuando llegaba a casa de mis abuelos, hecho que se producía casi a diario. El recuerdo ha saltado en mí al haber leído algo sobre una magdalena, de la que hablaba Marcel Proust, mojada en tila, como resorte que activa recuerdos y, como fichas de dominó, sensaciones y sentimientos de tiempos de juegos en pantalones cortos. Seguro que todos, en parte, nos sentimos identificados con esa magdalena, aunque cada uno tendrá su propia versión (lo siento auroroska, pero yo también me voy a poner un poco pesadete). En mi caso más bien eran galletas maría con café de lata de esos que dejaban una buena capa de posos en el fondo del vaso. Recuerdo aquellas meriendas oyendo los gritos de los niños jugando en la calle, y devorando con impaciencia el frugal tentempié para salir lo antes posible a jugar y a correr detrás de las niñas con un palo para levantarles la falda (perdóname, Luisita).

El pollo frito de mi abuela siempre me gustó, y no me importó mezclarlo en mi todopoderoso estómago (por entonces lo era), con lo que fuera, galletas y café incluidas. Siempre era motivo de celebración saber que mi abuela había frito pollo. Y no tenía nada especial, pero jamás he vuelto a probar un pollo frito como aquel. Y los he probado buenos. Pero aquel, no.

Con el tiempo, descubrí que me gustaban los bocatas de morcilla. Me volví un poco masoquista porque cada vez que me decían "que te den morcilla", no solo no pensaba en nada malo sino que se me hacía la boca agua imaginándome mientras devoraba el bocata que me hacía mi abuelo, y al que, ya con 13 añitos, solía acompañar con algún que otro botellín, de esos que, en vez de etiqueta, tenían a mi inseparable amigo Gambrinus serigrafiado.

Todavía no sé si, en parte por quienes me proporcionaban aquellos sencillos manjares, o por las experiencias que en mi mente se asocian, soterradamente, a aquellos sabores… Lo cierto es que echo mucho de menos aquellas sencillas delicatessen. Porque sí. Hoy te vas a la plaza, compras 1 kg. de morcilla de Burgos, una buena barra de pan, y te haces tú mismo el bocata, y te pones tu botellín, justo antes del punto de congelación, y dios… qué bueno está! …. Pero no es lo mismo. Ni tampoco el pollo frito que te ponen en ciertos bares, que está delicioso… pero no es el mismo.

Y es que ese pollo, esa morcilla, ese café… se acabaron y ya no volverán más. Quizás alguna vez, si es que el universo tras terminar de expandirse, vuelva a contraerse para volver de nuevo explotar y expandirse dando lugar a un nuevo ciclo, pero con los mismos acontecimientos y en el mismo orden que en éste. Quizás entonces vuelvan esos momentos y sabores… Pero con la memoria que tengo, que no me acuerdo ni de lo que comí ayer, ¿cómo me acordaré de que los echaba de menos en el anterior ciclo de expansión del Universo?

El caso es que se me ocurre hacer una regla de tres, en la forma siguiente. Mi pasado es a mi presente lo que mi presente a mi futuro. Haciendo un ejercicio de imaginación sobre mi futuro, es muy probable que tenga nostalgia del pasado, que ahora resulta ser el presente, lo que hace que me entren más ganas de vivir este presente que ahora me toca, de disfrutar de los sabores de estos días que pasan, a veces, tan inadvertidos, por pura pereza o inercia. Sabores que un día se irán y nunca más volverán, o al menos hasta el próximo ciclo de expansión universal. En resumen, carpe diem (y si es con pollo frito, mejor).