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miércoles, 15 de febrero de 2012

Olla a presión



Bueno, intentaré no enrollarme y decirlo muy clarito. Lo que está pasando en Grecia es una auténtica revolución. La gente está no ya harta, sino desesperada, y eso mismo es lo que nos espera en España y en muchos otros países en los próximos años. 













Alucino cuando veo la calma que reina en este país. Salvo casos aislados de indignados y otra gente tachada de izquierdosa, el resto de la gente sigue con su vida, aguantando paro, subidas de impuestos, reformas laborales brutales, aumento de precios, merma en la calidad de los servicios públicos, y un larguísimo etcétera. Los parados siguen capeando la situación, la mayoría ajenos a que los responsables de su situación son una serie de criminales financieros y políticos que han llevado a la ruina a la economía mundial, y que ellos son sus víctimas. Callan, aguantan, buscan trabajo, farfullan que la cosa está muy mal y, como mucho, cuando llegan las elecciones, votan al otro gran partido esperando que arregle la situación, nulo o en blanco.






El telediario sigue dando sus noticias pasadas por el tamiz de la censura, los periódicos opinan (que no informan) en función de la ideología reinante del consejo de administración del grupo mediático al que pertenezcan, los blogs y foros, se convierten en medios de comunicación marginales en los que se publican los auténticos escándalos que suceden por toda la geografía mundial, y que la mayoría de la gente prefiere no mirar, o que miran, ya, curados de espanto y preparados para asistir con calma a escándalos e injusticias aún peores.

El movimiento de los indignados parece ya cosa del pasado, un movimiento social curioso que ocurrió en 2011 y que ya no preocupa a ningún político, y peor aún, ciudadano.


Siempre me he preguntado, y aprovecho la ocasión para hacerlo desde aquí, por qué no se ha creado una gran asociación nacional de parados. Con 5 millones, más las personas que dependieran de ellos, constituiría un auténtico ejército que, organizados y dando por culo continuamente en la calle, a la puerta de bancos, instituciones, parlamentos, ayuntamientos, etc., sería capaz de hacer temblar al gobierno más confiado, a las empresas más poderosas. Y si a esos les sumamos los indignados, la gente que verdaderamente quiere que la cosa cambie, ese ejército sería literalmente imparable.



¿Por qué seguimos así? ¿Hasta cuándo? El año pasado la gente salía a la calle a defender sus ideales, pacíficamente. ¿Qué ocurrirá cuando lo que defiendan, con desesperación y rabia, sea el pan de sus hijos? ¿Lo mismo que en Grecia en estos días? ¿Lo mismo que en Francia en 1.789? ¿O quizás algo que no hemos visto hasta ahora?