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domingo, 6 de mayo de 2012

Filandón


La vida transcurría plácidamente. Manuel tenía todo lo que un hombre podía desear : una mujer cariñosa y comprensiva, unos hijos modélicos, un trabajo bien pagado que además le gustaba, y, sobre todo, se tenía a sí mismo. Claro que pensaba que tenía defectos, pero hasta sus propios defectos le gustaban. Era un conformista. Los días se sucedían uno detrás de otro y, como en una multiplicación cambiando el orden, el producto seguiría siendo el mismo; pero él con todo esto era feliz, y le gustaban las cosas tal y como estaban.

De repente, un sonido continuo le despertó: eran las 8. Levantó a toda la familia y organizaron el desayuno. Aquel día Manuel estaba algo cansado a causa de la tertulia de la noche anterior - era increíble cómo pasaba el tiempo hablando de... ¿tonterías?-. Después de dejar a sus hijos en el colegio, se dirigió a la oficina pensando en lo afortunado que era.

En el trabajo, lo de siempre. El jefe de personal no estaba de muy buen humor, y le costó mucho convencerle para que admitiese a aquella recién graduada, pero como era su sobrina no tuvo más remedio. Ya en su despacho, comenzó a revisar un aburrido informe del Dpto. de Ventas a esa hora en que el cansancio y el sopor se hacen notar. ¡Qué confortable resultaba su sillón! Una comodidad inversamente proporcional al tiempo que tardó en quedarse dormido...

No soñó nada, pero cuando creía despertar vio que se encontraba en una habitación blanca toda acolchada. No podía mover sus brazos a causa de una camisa de fuerza que se ceñía tercamente a su tronco, y no paraba de oír extraños gritos de Dios sabe quién.

Tardó muy poco en pensar que obviamente estaba soñando, pero le extrañó la fuerte sensación de realidad que aspiraba por sus cinco sentidos. No obstante, optó por “dormirse” dentro de su sueño. Después de un tiempo indeterminable, abrió los ojos encontrándose de nuevo en su despacho. No le dio importancia a aquello: tenía una cita con el dentista a las 5, y aquel pensamiento no le dejaba concentrarse en otra cosa.

Ya en su casa, su mujer le hablaba sobre la cena de esa misma noche con los Martínez. No sabía si ponerse una falda con una chaqueta o pantalones y blusa. Manuel, poco a poco, fue abstrayéndose de su alrededor como arrastrándose por aquel torrente de vacías palabras. Casi sin notarlo, un ruido martilleante marcaba el ritmo de su corazón. De repente, la puerta se abrió y una desconocida con bata blanca le invitaba a salir. Le costaba levantarse; aquella... ¿camisa de fuerza? le ponía difícil el más mínimo gesto. Al intentar levantarse, reaccionó.

- ¿Donde estoy?

El rostro de la mujer adoptó una expresión de extrañeza y, ayudándole a incorporarse, lo llevó a través de un largo pasillo con el techo bajo. Manuel miraba atónito a un lado y a otro unas puertas con unas pequeñas ventanucas. Al final a mano izquierda, una gran puerta lucía un dorado letrero: Doctor Escobeda. Al entrar, se encontró con un hombre flacucho, con barba cana y gafas. Manuel se sentó y preguntó con tono temeroso.

- ¿Dónde estoy?
- ¿A usted que le parece?
- Pues no lo sé. Yo estaba hablando con mi mujer, y de repente me encuentro aquí.
- ¿Cómo se llama Ud.?
- Manuel González Estrada.
- Cuénteme algo de su vida.
- Es que tengo cita con el dentista a las 5, y esta noche ceno con los Martínez.
- Eso no es cierto.
- ¿Cómo que no es cierto? Tengo que empastarme esta muela -abriendo la boca- ¿ve?
- Usted no tiene cita con nadie ni va a cenar con nadie, ni siquiera tiene mujer. Todo eso es producto de su mente. Usted sufre un trastorno agudo de personalidad.
- ¿Pero qué está diciendo? Yo sé quién soy. ¡Tengo cita a las 5! ¡Tengo cita a las 5!

- Pero hijo, Manuel, cada vez que tienes que ir al dentista te pones más raro...
- Pero Carmen; si es que estaba hablando con un médico que me decía yo no sé qué de la personalidad.
- ¡Hay que ver! Siempre con las mismas tonterías. Anda vístete que vas a llegar tarde.
- En fin... ¿Te vas a poner la falda o los pantalones?
- La falda. Pega más con la chaqueta veige.
- Me voy. Hasta luego cariño.
- Adiós.

Mientras bajaba las escaleras, podía percibir ese olor característico de las sobremesas mezclado con el sonido de televisores encendidos. Una voz lejana -quizás en el 4º C- ordenaba:

- Archívelo en el fichero de crónicos.
- ¿Con qué nombre?
- Ah, no lo sé. ¿Cuál era el último número?
- El 513.
- Pues este será el 514.