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jueves, 11 de octubre de 2007

Día 1

Primera sorpresa. Nuestro vuelo se retrasa unas "dos horas". La versión de la que nos factura el equipaje no me convence mucho. Me veo haciendo un tour a fondo por el aeropuerto para matar el rato. Nos han dicho que el vuelo saldrá sobre las tres y veinte. No dijeron si a.m. o p.m.. Me huelo lo peor. Vivan las vacaciones por Internet. Las próximas alquilo un borrico, echo un queso, una hogaza y una bota de vino a las alforjas y me voy a hacer el camino de Santiago, que es más de toda la vida y más español. Digo "coño" y me quedo más tranquilo. Resignarse, Cancelar, Ignorar? Resignarse, qué remedio. Al menos nos han dado un ticket para la cafetería que pone "snack" escrito a boli.


El snack, de pena. Una baguette más estrecha que un vaso de cubata con una loncha "boyeré" de jamón más blanco que la sábana de un anuncio de ariel, y una cerveza de lata. Mamones... ya os cogeré en el Todo Incluido. Voy a hacer que Solplan quiebre o tenga que cambiar las normas a partir de ahora.

Más retraso, más espera... Hasta las 4 (de la tarde, afortunadamente) que nos disponemos a despegar. Jerónima, a mi lado en el avión, es un manojo de nervios. Yo tampoco voy muy cómodo, con mis fémures encajados a presión entre mi asiento y el de delante. Está visto que yo nací para la clase Bussiness. El momento del despegue, los motores rugen con potencia, Jerónima respira, con más potencia aún. Llega el acelerón y a los pocos segundos... chan! Ya estamos en el aire.

El flan que tengo a mi lado (llamado Jerónima, como os contaba), clava sus uñas en mis manos. Pienso que, de un momento a otro, va a potar. Es más, al oír "no puedo" me preparo para lo inevitable: papilla de fina baguette con jamón transparente migada en cerveza de lata, con guarnición de bilis. Pero la papilla no sale o, por lo menos, no de la boca. Respiro aliviado al ver que ella también se va calmando.

Mis inocentes y bienintencionados comentarios sobre estadísticas de accidentes en vuelos no son muy bienvenidos. Jerónima opta por un MP3 con volumen al 180%, pero olvida el detalle de que no hace falta hablar al mismo volumen de la ensordecedora música que escucha. Resultado: se enteran de sus opiniones sobre los viajes en avión hasta en la torre de control.

Afortunadamente, ya sobrevolamos Sevilla, digo... Cádiz... o Huelva (es que va tan rápido...) Coño! el mar. El avión va como una seda. Jerónima hace yoga y yo escribo este bodrio. Concha está con su QMD y Justino repasa las notas que he estado recopilando durante días sobre Lanzarote y el hotel.

Nota: Ya estamos en el avión de vuelta, no he tenido mucho tiempo de ponerme a escribir el cuaderno de bitácora, así que echaré mano de mi pésima memoria para relatar las venturas y desventuras en Lanzarote y Fuerteventura.

Llegando ya a Lanzarote, la aproximación (con un giro acojonante incluido) hace que Jerónima se vuelva a parecer a Santa Teresa en pleno éxtasis místico y a Concha le duelan los oídos como nunca en su vida. Justino y yo flipamos con las inclinaciones del alado cascarón.

Una vez en tierra y todo más calmado, el resto transcurre sin incidencias. Recogemos el coche en el Rent a Car y emprendemos ruta al hotel, en el sur de la isla, en una zona llamada Playa Blanca y muy cerca de las Playas del Papagayo. El paisaje de Lanzarote es una mezcla entre la Luna, Marte y la Tierra de Mordor. El terreno prácticamente se divide en desierto, montañas y rocas de origen volcánico (lava enfriada) a través de las cuales hasta al todoterreno más pintado le sería imposible pasar.

Llegamos al hotel. Tiene buena pinta el cuchitril. Parece que las fotos de su web no engañaban. Las habitaciones tienen vista al mar y las olas de la playa mueren a escasos 30 m. de donde dormiremos.

Tras la ducha llega el momento de probar el todo incluido. La primera cerveza, Cruzcampo de barril, confirma nuestras sospechas: no sabe igual que en Sevilla... Y no se trata de matices nostálgicos o subjetivos, la cata se hace siguiendo un procedimiento estrictamente científico llevado a cabo por el equipo de doctores cerveceros en el que nos hemos convertido tras años de duro entrenamiento e intensas investigaciones. Esto de no pagar mola. Dan ganas de seguir pidiendo solo por ver qué pasa. De todas formas, la cerveza está buena y las jarras que nos tomamos nos sientan como agua de mayo.

Llega el momento de la cena y al entrar en el salón el bufete impresiona... Menudo contraste: del frigorífico de mi casa a esto. La variedad es mareante. Vamos configurando nuestros platos al estilo collage queriendo probarlo todo. La ternera asturiana obtiene el galardón a la excelencia culinaria que otorga una vez cada 38 años la Fundación Justinos Hambrientos del Mundo. El resto del forraje, pa seguir comiendo hasta reventar. Madre mía, dónde me he metido yo en plena dieta. Mi endocrino me excomulga. Fijo.