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miércoles, 5 de octubre de 2011

... ni llores por mí.

Leyendo esta mañana el artículo de opinión de Elvira Lindo, que toma prestado por título el de la canción "No me quieras tanto", de la venerada/criticada Isabel Pantoja, me he llegado a sentir identificado con el tipo de personajes a los que apunta en su mordaz crítica a las costumbres que las nuevas tecnologías de comunicación móvil comienzan a traer a nuestra vida cotidiana. Os recomiendo encarecidamente su lectura.


En el texto, Elvira protesta con sutileza e ironía por las limitaciones que estas nuevas costumbres tecnológicas traen a la comunicación de siempre, la del cara a cara, en el mundo real, "in person", coño... como toda la vida. Y en parte no le falta razón. Uno de los efectos del futuro, que ya está llegando más rápido a nuestras vidas de lo que muchos pueden asimilar, es que las formas de comunicarse en nuestra vida social se reparten mucho más que antes, al haber tantas nuevas posibilidades, y claro, la comunicación tradicional pierde terreno frente al embite que estas nuevas posibilidades de comunicación. No sé si esto es bueno o es malo, pero lo que sí sé es que es es una realidad.


Al leer el artículo de Elvira, se me vino a la mente la limitación que también ha sufrido la comunicación en el hogar, en el seno de la familia cuando, por ejemplo, los hijos (y algún que otro padre) se dedican más a jugar a la consola que a charlar de cómo ha ido el día, así que... ¡qué coño! ¡a la mierda las consolas! Son tan perjudiciales como los móviles, y no me vale la excusa de que también pueden usarse para jugar online y conocer a gente de otros países. ¿Y la comunicación de toda la vida? ¿La del aquí y ahora?


Luego están los ordenadores, esos engendros electrónicos que absorben nuestro tiempo y nos encapsulan en una realidad paralela, ajena a todo lo que ocurre fuera del monitor de 19". Tan perniciosos como las consolas para la comunicación familiar o conyugal, e incluso mucho más, ya que sus efectos a menudo se extienden a personas de todas las edades. ¡Peligrosísimo! ¡Fuera ordenadores entonces!


¿Y qué hay de esa horrible máquina que lleva creando zombies domésticos desde hace ya varias decadas? Me refiero a la televisión. Si confeccionáramos una estadística sobre ello, ¿cuál creéis que sería el aparato que más daño le ha hecho a la comunicación entre las personas? Yo sin duda apostaría por la caja tonta. Son varias generaciones de familias ya las que, presas de tan infernal lavadora de cerebros, han sucumbido a sus hechizos, siendo las palabras que salían por su altavoz las únicas que rompían el silencio del hogar, ya fuera de día o de noche. ¿Qué ha sido de las largas charlas a la luz de la chimenea? ¿Y de aquellas que durante miles de años tuvieron lugar alrededor de la fogata? Si es que se está perdiendo lo auténtico.


Y con la radio, antes que con la televisión, pasó lo mismo. "Niño, cállate, que van a echar el parte." me dijo más de una vez mi abuelo. Pero abuelo... ¿y la comunicación? ¿la de toda la vida? ¿la comunicación abuelo-nieto? Maldito engendro esa radio. La madre que parió a Marconi.... ¡ah, no! que fue Tesla.

Y llegamos a los grandes reyes del aislamiento social, los grandes enemigos de la comunicación interactiva, en tiempo real, en el aquí y ahora: ¡los libros! Si la televisión ha sido la reina indiscutible de las últimas décadas, los libros ganan por goleada, por los siglos que le llevan de ventaja, y más aún si a ellos les sumamos sus hermanos pequeños, los periódicos y las revistas. Hoy en día continúan haciendo estragos, en cualquier cafetería, donde onanistas sociales se enclaustran en la lectura, prestos a molestarse ante cualquier interrupción o intento de comunicación de otro ser humano. ¿Y esas bibliotecas? ¿Qué se puede decir de esos templos del aislamiento donde además está expresamente prohibida la comunicación y si le quieres cualquier cosa a alguien tienes que hacerlo como si fueras un espía, susurrando y mirando de reojo?


Todo esto también me recuerda al eterno debate sobre lo que es necesario y lo que no, cuando alguien pregunta, con tono crítico, que para qué hace falta internet en el móvil, o tener GPS. Y en el fondo, tiene razón. Falta no hacen. Pero me gustaría darme una vuelta por la casa del tecnófobo de turno para ver si todo lo que tiene es necesario o si lo que realmente ocurre es que pretenden disfrazar de menosprecio su incapacidad para asimilar y utilizar las nuevas herramientas que van apareciendo.



1 comentario:

  1. Verdades como un templo, querido amigo, y tengo que decirte que algunas de las fotos son antológicas, en serio. Un abrazo, fiera.

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